Como se temía, la presencia de Ney en el plantel terminó siendo testimonial, fue un golpe de efecto mediático y comercial, sin réditos futbolísticos. Las cámaras lo enfocaron sentado en el círculo central, en medio de un mar de lágrimas, porque su cuarta y última Copa del Mundo fue otra suma de desventuras. Ni la edad ni el físico le permiten ilusionarse con otra oportunidad.
Hace tiempo que Brasil dejó de ser una selección que se diferenciaba del resto por su capacidad para monopolizar el control de la pelota y marcar el ritmo de un partido. Lo hacía a partir de la riqueza técnica, mediocampistas cerebrales y el vuelo ofensivo, a costa de algunos desacoples defensivos. Aquello de “se juega como quiere Brasil” ya no tiene vigencia, su fútbol se estandarizó con parámetros más globales. Así, puede ocurrir que Noruega, que nunca se caracterizó por pasarse la pelota en espacios reducidos, tenga un porcentaje de posesión superior. Los esquemáticos nórdicos controlaban más la pelota que los oriundos de un país que hizo un culto del juego asociado y la gambeta.
Por nombres y funciones, Ancelotti armó un equipo ofensivo, pero totalmente disfuncional, fracturado en el medio, dividido entre defensores y delanteros, diseñado para recuperar la pelota en campo propio y salir de contraataque. Sin el lesionado Lucas Paquetá, el italiano sumó a un cuarto atacante, Martinelli. No había cohesión ni fluidez en el juego brasileño. La zona media fue un territorio demasiado extenso para la veteranía de Casemiro, que tiene intervenciones puntuales de categoría, pero sin el chasis para un rendimiento constante y sostenido, como exige un Mundial. Su ladero fue un Bruno Guimarães laborioso, pero sin liderazgo en la zona neurálgica.
Brasil acumuló delanteros a los que había que alimentar con pelotazos. La disposición de los cuatro de arriba tendía más al amontonamiento que a la complementación: Martinelli y Vinicius intentaban repartirse la banda izquierda, Matheus Cunha iba por el centro y Rayan aparecía por la derecha. Demasiados para compensar la baja de Raphinha, cuya lesión en la segunda fecha complicó a Brasil más de lo que ya estaba.
Noruega aceptó gustosa que le cedieran el balón. Tiene intérpretes para conducirlo con criterio y ambición, virtudes que definen a Ødegaard, bien respaldado por Berg y Berge. La pésima tarde de Brasil empezó a tomar forma con el penal que Nyland le atajó a Bruno Guimarães (¿por qué no asumió Vinicius la responsabilidad?).
Ancelotti siguió pensando que la solución pasaba por los delanteros. Entraron Endrick, que enseguida falló en un mano a mano con Nyland, y Neymar. Noruega nunca perdió el hilo del partido, se sentía fuerte, y nadie mejor Haaland para personificar ese estado. Dos goles para llegar a siete y alcanzar a Messi y Mbappé en la espectacular lucha por ser el goleador del Mundial.
Un compungido Ancelotti dijo poco y nada en la conferencia de prensa. Asumió en mayo de 2025 con un diagnóstico y una idea que no consiguió plasmar: “Los últimos dos mundiales que Brasil ganó fue conectando talento y defensa. Con Felipão [Scolari] y sus tres centrales en 2002 y con Carlos Parreira en 1994, cuando colocó dos líneas de cuatro para aprovechar a Romario de punta. El Mundial lo gana quien recibe menos goles y no quien marca más. No me gusta que me llamen defensivo, pero esto es muy importante para el equipo”.
Brasil se adentra en su período más largo de la historia sin obtener un título mundial. En 2030 se cumplirán 28 años. Se reactivarán las mesas de discusión sobre el estilo y la actualidad. El periodista André Rizek, de SporTV, dejó el alerta antes del Mundial: “La Argentina de hoy respeta una característica histórica del jugador argentino, que es controlar el juego en el mediocampo. Ellos forman grandes mediocampistas, excelentes centro-delanteros, y así es como ganan. Es una reflexión para nosotros. Renunciamos a nuestra idiosincrasia: dejamos de formar mediocampistas creativos y habilidosos, dejamos de formar laterales, que siempre fue una marca registrada'. El remo vikingo dejó a Brasil en aguas revueltas.
Resumen del partido | Brasil 1-2 Noruega | Mundial 2026