Miercoles 19 de Junio de 2024







 10/06/2024 - DEPORTES
Carlos Alcaraz, campeón de Roland Garros: el heredero de Nadal que combina la explosión del tenis moderno con la paciencia de otros tiempos

El español de apenas 21 años venció al alemán Zverev y obtuvo su tercer Grand Slam


“Las finales no se juegan, se ganan”, dictaba Alfredo Di Stéfano, gloria argentina de Real Madrid, cinco veces campeón de Europa. Carlos Alcaraz, Carlitos aún a los 21 años, incorpora el concepto, lo recita y lo pone en práctica, sonriendo, con una naturalidad sólo reservada para los elegidos. Tres finales grandes jugadas, tres ganadas; sobre superficie de cemento (US Open 2022), en césped (Wimbledon 2023) y ahora en polvo de ladrillo, en Roland Garros, venciendo al alemán Alexander Zverev (6-3, 2-6, 5-7, 6-1 y 6-2, en 4h19m).


Español como Rafael Nadal, asume la sucesión con compromiso y oportunismo, cuando el rey de la tierra va soltando la raqueta. Toma la chance concreta del relevo, pero la alimenta con sus propios aderezos, con impactos de autor, fusionando el apuro del tenis moderno con la paciencia para razonar estando bajo presión.


“Tengo sentimientos especiales con este torneo. Cuando terminaba el cole corría a casa para poner la tele y ver todos los partidos. He visto muchos; los de Rafa, por supuesto. Y ahora quiero poner mi nombre en esa lista de españoles que los han ganado”, describía Alcaraz después de desanudar un desafío de complejidad en las semifinales, en el clásico innovador con el italiano Jannik Sinner (número 1 desde este lunes).


De El Palmar, localidad de 24.000 habitantes de Murcia, visitó Roland Garros cuando tenía doce años. Entonces jugó sobre una cancha montada bajo la Torre Eiffel. Hoy ya contempla la Ciudad de la Luz desde la cima de la emblemática estructura de hierro. En la primera final del Abierto francés sin la presencia de Nadal, Novak Djokovic o Roger Federer desde 2004 (Gastón Gaudio vs. Guillermo Coria), Alcaraz y Zverev construyeron un partido con el corazón en la mano, sin ocultar temores, luciendo cualidades, pero sin esquivar fallas y apresuramientos. En un polvo de ladrillo rápido y seco, producto de las condiciones climáticas (un domingo radiante, con 21 grados y ventoso), la pelota picó con vivacidad y controlarla fue todo un desafío. “Esto parece pista dura. ¡Es increíble! ¡Increíble!”, se llegó a quejar Carlitos.


En ese contexto, Alcaraz fue ágil y creativo, con variantes estratégicas e imaginación en la tensión de la refriega. Incluso, en varios momentos utilizó tiros altos y profundos con menos pimienta para rearmar el punto y retrasar a Zverev, una elección ya inusual en un tenis robótico de raquetazos fortísimos. “¡Molesto no piensas!”, le gritó varias veces, desde el box, su entrenador, Juan Carlos Ferrero, campeón de la Copa de los Mosqueteros en 2003. Es que por momentos a Alcaraz le ganó la ansiedad y no supo ocultar la frustración. Llamó la atención, por ejemplo, cómo se le escapó el tercer set, estando 5-2. El físico desgastado (fue atendido en un puñado de oportunidades por el fisioterapeuta argentino Alejandro Resnicoff) encendió la alarma y llevó a rememorar lo sucedido hace un año, cuando perdió en las semifinales con Djokovic y, luego, confesó: “Sentí calambres por los nervios de jugar con Novak (...) Tengo que aprender la lección para la próxima”. Esta vez no dejó de correr: mostró voracidad, perseverancia y una capacidad competitiva digna de los grandes.


Zverev, con impactos planos, un poderoso servicio, uno de los reveses más destacados del tour y sólida cobertura desde el fondo (rápidos desplazamientos más allá de sus espigados 1,98m), pero algo inestable emocionalmente, se plantó conociendo sus fortalezas y debilidades. ¿Cuáles? Campeón en el circuito por primera vez en 2016, con su mejor ranking (N° 2) hace dos temporadas y con una edad intermedia (27 años) entre los veteranos y las nuevas figuras, antes del partido sabía, en su interior, que ya no serán tantas las chances de lograr un primer Grand Slam, su cuenta pendiente (había perdido la única definición que jugó a ese nivel, en el Abierto de los Estados Unidos 2020, ante Dominic Thiem, a pesar de que iba 2-0 en sets y con quiebre arriba). Es probable que ese recuerdo lo haya perturbado en pasajes de imprecisión.


El jugador de Hamburgo, que aspiraba a convertirse en el primer alemán en ganar Roland Garros (Michael Stich fue finalista en 1996), tuvo una suerte de última chance de reaccionar en el partido cuando en el quinto set, con casi cuatro horas de juego, tuvo cuatro break points con Alcaraz sirviendo 2-1, pero el español se escapó del asedio, celebró y de allí salió fortalecido (3-1). Es más, Carlitos le quebró el saque a Sascha en el séptimo game (5-2), sirvió para el campeonato con pelotas nuevas y cerró su obra parisina con un drive cruzado.


“Es increíble. Ya eres un miembro del Salón de la Fama siendo tan joven”, reconoció Zverev, durante la premiación, en el court Philippe-Chatrier. Björn Borg, a cincuenta años de su primer título en París, le entregó la Copa a Alcaraz, un tenista que asombra por su capacidad y encandila por su carisma.


El español viene rompiendo la máxima de aquellos que sentencian que, en el tenis actual de tanta velocidad y explosión, no hay tiempo para pensar. Siempre tiene un tiempo más. Combina la delicadeza de un artista de música clásica con la fiereza de un pugilista. Es atrevido y, cuando las cosas no van tan bien en el court, es astuto para escuchar a los integrantes de su equipo, sobre todo a Ferrero, el hombre que lo moldea y que quedó impactado desde la primera vez que lo vio, jugando un (ex) Future con doce años, en su academia de Villena, Alicante.


Alcaraz sigue acumulando registros de precocidad. En septiembre de 2022, al ganar el US Open, ya había sido el más joven (19 años) en alcanzar el número 1 del ranking. La coronación en París, además de permitirle ascender al número 2 (Djokovic será el 3°), coloca al “Niño maravilla” como el jugador más joven (21 años y 35 días) en obtener títulos de Grand Slam en tres superficies diferentes (Nadal lo había logrado con 22 años, Federer con 27). Además, el muchacho que acciona la teoría de “Las tres C” (Cabeza, corazón y cojones), es uno de los siete hombres que ganaron sus tres primeras finales de Grand Slam disputadas, después de Federer (el suizo se impuso en sus siete primeros intentos), Borg, Jimmy Connors, Stefan Edberg, Guga Kuerten y Stan Wawrinka.


“Los últimos meses los hemos pasado bastante mal con la lesión (en el antebrazo derecho) y no me sentí bien. Las siguientes semanas al torneo de Madrid fueron con muchas dudas, viniendo a París sin entrenar demasiado”, recordó Alcaraz, sin dejar de abrazar la Copa de los Mosqueteros y tras cortar la racha que ostentaba Zverev, de doce triunfos consecutivos (seis en París y seis para conquistar el Masters 1000 de Roma). “Esto es algo que soñé desde que era pequeño. Es por lo que he trabajado desde el primer día. Es un orgullo poner mi nombre en este trofeo”, dijo Alcaraz, el octavo español en consagrarse en el Bois de Boulogne, un listado que tiene a Nadal (14), Sergi Bruguera (2), Manolo Santana (2), Ferrero (1), Andrés Gimeno (1), Carlos Moya (1) y Albert Costa (1).



Vaya curiosidad: para ganar su primer trofeo de Roland Garros, Alcaraz derrotó en la final a quien había eliminado en la primera ronda a Nadal, el mejor jugador sobre polvo de ladrillo de todos los tiempos y quien probablemente ya no vuelva a pisar el Abierto francés, al menos en actividad. Carlitos se formó sobre tierra, pero creció viendo a Federer: tiene un tenis total y está haciendo de lo extraordinario algo familiar. Durante catorce años, el público francés se acostumbró a ver a un español levantar el trofeo en el Philippe-Chatrier. Ahora volvió a suceder, pero con otro interprete y de sólo 21 años. El sucesor.


En mayo de 2022, durante una entrevista con LA NACION, Alcaraz sentenció: “No tengo límite ahora mismo. Quiero seguir escalando hasta donde llegue: si puede ser hasta el cielo, mejor”. La advertencia no era ninguna broma…


Lo mejor de la final de Roland Garros 2024



                   







 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

FUENTE: LA NACION.














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